James toma una decisión, una vez más, y encara hacia el frente. A unos metros, ante sus ojos, hay una gran bomba por desactivar, en el baúl de un auto abandonado.
Transpira, no corre una gota de viento. Estamos en Irak, en primer plano junto a uno de los trabajos más dramáticos que alguien pudiera tener, porque en un instante, en una elección de cable equivocada, volamos todos.
En otra parte del globo, Espósito está inquieto, da vueltas en la cama. Tiene un anotador en su mesa de luz, escribe ideas, puntas de ovillo de un caso que lo tiene pensando desde que se jubiló, y que no va a parar hasta encontrar las respuestas. Parecería una locura revolver el pasado, pero lo siente, lo necesita. Y hay muchas cosas en juego, motivos por elegir hacerlo.
Las situaciones más inevitables son aquellas que nacen de sentimientos fuertes, casi inexplicables para el resto de la gente. Inevitables porque a veces deseamos tanto algo, que sucede. Pero para que eso funcione como ley universal, hay que empezar.
Arrancar, tomar la iniciativa. Como el joven sargento James y Benjamin Espósito, que dejaron todo por seguir una intuición, una necesidad, una elección de vida que implicaba dejar algo atrás.
Por más dolorosas que puedan ser las circunstancias, elegir entre profesión y familia, deseos personales y proyectos de pareja, es una balanza no siempre positiva. Jenny lo sabía muy bien, David le daba lo que quisiera: cenas de gala, viajes a Paris, todo lo que una joven quisiera tener. Pero eso no era todo, porque una parte de ella necesitaba vivir su vida, estudiar en Oxford, ganarse su propio lugar y tener la conciencia tranquila al mirarse al espejo y decir “Yo lo logré por mi misma”.
A veces cuesta cambiar, la vida nos mantiene siempre ocupados en ser –y mostrarnos- de una cierta manera. Ryan Bringhtman se da cuenta de eso, no todo en la vida es obtener la tarjeta del club selecto de la aerolínea, un pase a un mundo de confort dado por la acumulación sinsentido de millas de viajes de avión. Pero hay otras cosas, casarse, formar una familia, tener un hogar, amar a alguien. Y no son lujos precisamente que las millas de una aerolínea puedan comprar. Cualquier relación con una publicidad de tarjeta de crédito, mera coincidencia made in siglo XXI.
Sin embargo a veces la vida nos pone sola en circunstancias difíciles, aquellas en las que están muchísimas personas, salir de esos pozos oscuros y profundos a los que parecería que estamos condenados. Encontrar un trabajo que nos haga dignos, ir a la escuela, tener una familia por más diferente que seamos físicamente, hacernos respetar. Es la historia detrás de esa sensible, natural y preciosa adolescente de 16 años que como un diamante en bruto finalmente encuentra, con mucho esfuerzo personal, al mundo como un lugar menos injusto y más habitable.
Es darse cuenta que hay que construir en base a las necesidades afectivas básicas, el amor propio, y el amor por los demás. Lo edificado entonces, será un premio invalorable.
Así se vivió la entrega de los Oscars 2010, dando mérito a films que no son el típico estilo Hollywoodense (basta solo contar las pocas estatuillas que se llevó la mega producción de James Cameron, Avatar), contrastando con historias simples, que nos identifican, historias de acá a la vuelta, que a nadie nos gusta que nos cuenten, pero que existen. Historias que conmueven, y que motivan a la acción verdadera, real, al cambio que sabemos que deberíamos tomar cada mañana al despertarnos, pero que no lo hacemos. Por este año el cine ya no será una vía de escape por dos horas para luego volver al mundo real, este año el cine es la piedra que alguien alguna vez tenia que arrojar, es el cambio que algún día tenemos que hacer. Y tener conciencia de eso, por lo menos, ya significa vivir al límite.